La crepería de la calle Temple cumple 45 años en el Casco Histórico
Crêperie Flor abrió en 1981 junto a la plaza San Felipe y sigue en el mismo local. El 11 de agosto celebrará 45 años al frente de tres generaciones familiares.

En una esquina de la calle Temple, a un paso de la plaza San Felipe, resiste uno de los negocios de hostelería más longevos del Casco Histórico de Zaragoza. Crêperie Flor abrió sus puertas cuando las crepes eran poco más que una curiosidad para la mayoría de los zaragozanos y el próximo 11 de agosto cumplirá 45 años sin haberse movido del mismo local. Lo cuenta Aragón Digital en un reportaje sobre la historia del establecimiento.
Un salón de té francés en el centro
El proyecto nació de la mano de Claudie Molinie, de origen francés y con familia dedicada a la hostelería en París. Junto a Pepe Rebollo y un tercer socio montó en el centro de Zaragoza algo que entonces no existía en la ciudad: un local especializado en crepes. "Como aquí no había creperías, decidieron montar una", resume Jaime Rebollo, sobrino de uno de los fundadores y actual responsable del negocio.
La idea inicial era un salón de té al estilo francés: café y crepe dulce, una fórmula habitual al otro lado de los Pirineos. Pero la clientela zaragozana empujó en otra dirección. Las crepes saladas fueron ganando peso en la carta hasta cambiar la naturaleza del local. "Empezaron a reservar para cenar y poco a poco dejó de ser un salón de té para convertirse en un restaurante especializado en crepes", explica Rebollo.
Tres generaciones detrás del mostrador
La historia del local es también la de una familia. Cuando algunos de los socios originales se fueron, entró el padre de Jaime en el negocio; después llegaron él y su hermano. Con el tiempo se quedó al frente del establecimiento, una responsabilidad que admite que le impuso: "A mí lo que me daba vértigo era mantener el listón tan alto que me habían dejado".
Más de dos décadas después sigue apostando por lo mismo que heredó: producto cuidado y recetas que apenas han variado. Es, dice, lo que más valoran los clientes que vuelven tras años sin pisar el local. "Lo que más me gusta es que venga alguien y me diga que ha vuelto después de veinte años y que le sabe exactamente igual que entonces", cuenta.
Clientes que vuelven con sus hijos
Por las mesas han pasado varias generaciones de zaragozanos. Quienes descubrieron allí las crepes siendo estudiantes en los años ochenta regresan ahora acompañados de sus hijos; otros celebraron en el local momentos señalados y siguen asociándolo a esos recuerdos. Esa relación con la clientela explica, según el responsable, por qué apenas han tocado la estética del establecimiento.
La carta combina clásicos franceses, como la quiche, con versiones adaptadas al paladar local. Las primeras crepes se hacían de forma más tradicional; después llegaron las que incorporan queso gratinado y salsas, inspiradas en recetas familiares traídas de Francia, que acabaron convirtiéndose en una seña de identidad. Entre las más pedidas están la Gratinada —jamón, champiñones y queso— y las de berenjena, setas, carne y gambas. También han probado guiños al territorio, como una Crepe Aragonesa con ternasco, borraja y patata.
Un superviviente en un barrio que ha cambiado
El entorno de la plaza San Felipe y el conjunto del Casco Histórico han cambiado mucho en estas cuatro décadas: más turismo, más rotación de locales y modas gastronómicas que se suceden a toda velocidad. En ese contexto, mantener un negocio de hostelería en la misma dirección durante 45 años es una rareza en el centro de la ciudad, donde la vida comercial es especialmente volátil y conviven la oferta de siempre con la programación de las fiestas del Pilar que llena las calles cada octubre.
La efeméride llegará el 11 de agosto. Hasta entonces, el local seguirá abriendo cada día en su esquina de la calle Temple, con la misma carta de siempre y clientes que cruzan la puerta buscando un sabor que creían olvidado.
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