La calle Mayor, la otra ruta de tapas del Casco Histórico de Zaragoza
Entre Don Jaime y el Coso Bajo, unos 700 metros concentran casas con décadas de barra, vermuterías y cocina de mercado lejos del bullicio de El Tubo.

A la sombra de El Tubo y de la plaza de la Magdalena, la calle Mayor se ha ido consolidando como una de las vías con más oferta de barra del Casco Histórico. Une Don Jaime con el Coso Bajo y, en apenas unos 700 metros, mezcla casas con décadas de historia, vermuterías y locales de cocina de mercado. Un repaso publicado por Aragón Digital pone el foco en ese tramo que muchos zaragozanos cruzan a diario sin pararse.
Una calle de paso que se ha vuelto destino
Durante años, la calle Mayor funcionó sobre todo como atajo entre dos puntos del centro histórico. Hoy, en ella y en las calles que la rodean conviven tapas tradicionales, platos de cuchara, vinos aragoneses y vermú servido con calma. La combinación la convierte en una alternativa razonable para quien quiere tapear sin el agobio de las zonas más concurridas del centro y, de paso, con precios más contenidos.
El tirón hostelero de esta parte de la ciudad no es un asunto menor: el Casco Histórico vive un momento de transformación en el que conviven el comercio de siempre, la presión turística y los debates sobre el uso de la vivienda. De hecho, el Ayuntamiento ya ha abierto la puerta a regular los pisos turísticos en el Centro y el Casco, una decisión que afecta de lleno al entorno de estas calles.
Casas con solera
Entre los locales más veteranos destaca El Fuelle, a pocos pasos de la plaza del Pilar, con más de tres décadas sirviendo ternasco asado, migas, caracoles a la brasa o bacalao al Orio en un comedor decorado con aperos de labranza y camareros vestidos de maños. Sus menús cerrados arrancan en los 28 euros por persona, con entrantes, bebida y postre. Presume además de anécdota: Felipe VI cenó allí en 1986 y sus cubiertos se conservan expuestos.
Otro clásico es El Trujalico, abierto en 1982, conocido por su vermú de grifo con salmuera y hielo picado y por una carta sin florituras: vinagrillos, anchoas, puchero, croquetas y raciones para compartir. En la misma línea de continuidad está El Entalto, en el número 50, en marcha desde 1987, con una carta que homenajea a mujeres aragonesas ilustres —bocadillos como el "Agustina de Aragón", con solomillo y micuit— y un surtido de croquetas de borraja con setas, ternasco o calabaza con chili. Ofrece menú mensual con tres primeros y tres segundos, además de medio menú.
Propuestas más recientes
Méli-Mélo lleva más de una década con una propuesta de tapeo creativo: queso de cabra frito con frutos secos, huevos rotos con ibérico o foie, ceviche de lubina y langostinos o arroz meloso de setas. Su fórmula funcionó lo suficiente como para abrir un segundo local en El Tubo, y mantiene menús semanales desde 20 euros.
Cierra la lista El Sidecar, con una estética que guiña al mundo del motor y una cocina de mercado en la que figuran huevos rotos confitados, chipirones, migas aragonesas, tabla de quesos o chuletón a la piedra para compartir.
El resultado es un corredor gastronómico que resume bien el momento del barrio: locales que llevan cuarenta años detrás de la barra conviviendo con cocinas más recientes, en una calle que ya no es solo un lugar por el que pasar.
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Elaborado a partir de información publicada por Aragón Digital · Fuente primaria: documento original